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Ciudadano Kane

Citizen Kane, 1941

19-8.jpg

Director: Orson Welles
Guión: Herman J. Mankiewicz y Orson Welles
Fotografía: Gregg Toland, blanco y negro
Música: Bernard Herrmann
Producción: Mercury Prod. para R.K.O. Pictures
Intérpretes:
-Orson Welles
-Joseph Cotten
-Dorothy Comingore
-Everett Sloane
-Ray Collins
-George Colouris
-Agnes Moorehead

EE.UU., 118 minutos.

Oscar Mejor Guión Original

“Rosebud…”

Aquí la tenéis. La que, según el prestigioso American Film Institute, es la mejor película de la Historia, año tras año, invariablemente. Ya sabemos que sobre gustos no hay nada escrito, y que nada es tan discutible como elegir la mejor película de todos los tiempos. Ahora bien, no seré yo quien le niegue al Ciudadano Kane de Orson Welles ese primer puesto, aunque eso sí, compartido con, al menos, una película más (de la que os hablaré en un próximo artículo). Y es que estamos ante, y eso sí que no se puede discutir, una de las cimas del Séptimo Arte, una auténtica obra maestra. Y me batiré en duelo con quien diga lo contrario.

Antes que nada, hay que hacer constar que estamos ante una ópera prima, es decir, el primer film del mítico Orson Welles, director, productor, guionista, actor, mago… genio. Conocido en toda América por sus obras teatrales con la compañía Mercury y por sus programas radiofónicos (uno de los cuales, La guerra de los mundos de H.G. Wells, causó el caos entre la kane2.jpgpoblación estadounidense, que realmente se creyó invadida por extraterrestres), la RKO, una de las más potentes productoras de los 30 y 40, le permitió dirigir un primer film con total libertad. Tras desechar llevar al cine El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (que, casi cuarenta años después, acabaría adaptando Francis Ford Coppola en la mítica Apocalypse Now), Welles redactó, junto con Herman Mankiewicz (hermano del gran Joseph L. Mankiewicz, director de Eva al desnudo o Cleopatra), un guión que versaba sobre un magnate y manipulador de la prensa norteamericano, el poderoso William Randolph Hearst. Evidentemente, era imposible hacer un film directamente sobre él (y más teniendo en cuenta que Hearst era enemigo acérrimo de Welles), y así nació Charles Foster Kane, su álter-ego, un hombre que, nacido en la pobreza, dirigió un periodicucho hasta convertirlo en el más cotizado de Norteamérica, creó un imperio de la información, se codeó con las grandes estrellas, saltó de escándalo en escándalo, dilapidó su fortuna en obras de arte, y acabó aislado del mundo en su faraónica mansión. Los paralelismos eran más que evidentes. Tanto, que Hearst removió cielo y tierra para que la película no fuera exhibida, sobre todo después de enterarse de que en ella aparecía la palabra “Rosebud”, que Hearst utilizaba para designar a la, agarraos, vagina de su amante (sí, sí, no es broma), la actriz Marion Davies (os recomiendo que veáis una estimulante película de 1999 llamada RKO 281, que narra todo el proceso de creación del film).

citizen_kane.jpg

Y es que “Rosebud” es la palabra clave, la palabra sobre la que gira toda la historia de Ciudadano Kane. Comienza el film como una peli de terror, con un castillo gigantesco entre las sombras. La cámara nos lleva a una de las habitaciones. Allí un hombre pronuncia sus últimas palabras, y fallece. Sostiene una bola de cristal, que cae al suelo y se rompe. En los cristales rotos vemos entrar a la enfermera. A partir de ahí, la película gira alrededor de las investigaciones de un periodista, al que nunca vemos la cara (¿quizá porque somos nosotros, los espectadores?), que buscar averiguar qué significa “Rosebud”. Para ello entrevistará a todos aquellos que conocieron a Kane, amigos, amantes, esposas, enemigos… Así se reconstruye la historia de un hombre, un hombre con el que no podemos evitar sentirnos identificados, aunque a veces le despreciemos, le tengamos miedo, o incluso le compadezcamos. Y es que, como el mismo Kane afirma, “Si no hubiera sido tan rico, podría haber sido un gran hombre”. Al final, el reportero se queda sin saber qué es Rosebud; nosotros sí lo descubrimos, dos planos antes del final, pero como el periodista dice: “Ninguna palabra explica la vida de un hombre”.

La historia quizá sea lo de menos (de echo, una similar aparece en un film anterior de 1933, Poder y gloria), y lo que verdaderamente importa es la forma de narrar de Welles, totalmente revolucionaria para la época. “Todo aquello que importa en el cine desde 1940 es influencia de Ciudadano Kane”, dijo François Truffaut. Vamos, que hay muy pocas cosas, citkdoc1.gifinnovaciones técnicas o narrativas, aparecidas en los últimos sesenta años que no estén ya en el film de Welles. Flash-backs, continuos saltos en el tiempo, voces en off, planos-secuencia, trávellings, encadenados, plano aéreos, uso de distintos formatos, falso documental… Así, no exagero si digo que a partir de Welles nació el cine moderno. El ritmo es imparable, el guión (galardonado con el Oscar), soberbio, donde todo se descubre a su debido tiempo, donde no sobra ni falta nada, ni una frase, ni una palabra, ni una coma. Y la dirección de Welles, impresionante (para el recuerdo, amén de la citada y conocidísima escena de la bola de cristal, la discusión con Joseph Cotten en el periódico, con la cámara grabando a ras de suelo). Y eso sólo a nivel técnico, que en el artístico la cosa no para. A las geniales interpretaciones (no sólo de Welles, magnífico durante todo el metraje, cada vez más ogro conforme pasan los años y es más y más maquillado, sino también de todos los demás actores, la mayoría procedentes del teatro, de Cotten a Agnes Moorehead, por citar a los más conocidos), hay que sumar la música del gran Bernard Herrmann, o la impecable fotografía en blanco y negro de Gregg Toland, que llena la historia de claroscuros.

Estamos pues, ante un film que está más allá del bien y del mal, un auténtico mito, un hito de la cultura americana (sin ir más lejos, tenemos continuas parodias en Los Simpson), que encumbró a ese monstruo del cine que es Orson Welles, y también que acabó con él (Hearst consiguió que la película fuera retirada, y el fracaso económico hizo que el director perdiera toda su libertad; su siguiente película, El cuarto mandamiento fue mutilada por la RKO, comenzando así el calvario de un genio siempre a la búsqueda de la película perfecta, que sólo rodó dos filmes más bajo grandes estudios , y que llevó a cabo el resto de su filmografía con presupuestos mínimos , producciones europeas , protegido muchas veces por el cine español , con proyectos inconclusos , y obras maestras no conocidas hasta hace poco ). Pero sobre todo, estamos ante un film que habla sobre el poder, la ambición, y, aunque parezca extraño, la infancia perdida y el amor. Como dice uno de los personajes sobre Kane, “lo único que busca es amor; y su mayor desgracia es ser un hombre incapaz de amar”.

Mario Hernández López

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