El Apartamento

The Apartment, 1960

Director: Billy Wilder.
Guión: Billy Wilder & I.A.L Diamond.

Fotografía: Joseph LaSelle, blanco y negro.
Música: Adolphe Deutsch.
Producción: United Artists.
Intérpretes:
– Jack Lemmon
– Shirley MacLaine
– Fred MacMurray
– Ray Walston
– Jack Kruschen
– Edie Adams
– Hope Holiday

EE.UU., 124 minutos.

5 Oscar (Película, Director, Guión, Montaje,Decorados)

“Verán, tengo un pequeño problema con mi apartamento…”

Os he hablado de la película que, en casi todos los ránkings, encabeza la lista de las mejores películas; Ciudadano Kane. También de otra que suele seguirla y que para muchas generaciones debería ocupar ese puesto; El Padrino. Pues bien, ahora toca hablar de mi película favorita, un film que ya no sé cuántas veces he visto, y que cada vez me parece mejor. Personalmente, en mi pódium particular repartiría el primer puesto, el number one, entre los dos filmes mencionados y esta inmensa maravilla que es El apartamento, de Billy Wilder. Probablemente, lo mejor de lo mejor que nos ha dado el cine clásico, y, por extensión, el cine en general.

Y es que Billy Wilder, como dijo Fernando Trueba, es Dios. Así de simple. Dios convertido en uno de los más grandes directores de todos los tiempos, con una carrera de más de cuarenta años, de la que podríamos sacar hasta una decena de obras maestras. Paradigma del cine clásico hollywoodiense, sobre todo entre los 40 y 60, este director, también productor y soberbio guionista, dominó todos los géneros: el bélico (Cinco tumbas a El Cairo, Traidor en el infierno), el cine negro (Perdición, Testigo de cargo), el drama (Días sin huella, El crepúsculo de los dioses, El gran carnaval), y sobre todo, la comedia, desde la puramente romántica (Sabrina, Ariane) a otra mucho más cínica, desencantada, terriblemente divertida (Con faldas y a lo loco, Uno, dos, tres, Irma la dulce, En bandeja de plata, La vida privada de Sherlock Holmes, Avanti!, Primera plana). Y entre todas ellas, la joya de una corona llena de piedras preciosas es sin duda El apartamento, probablemente la mejor comedia dramática jamás escrita.

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El origen de este film está en uno anterior del maestro británico David Lean, Breve encuentro (1945), donde un hombre y una mujer, ambos casados, se enamoran, y deciden verse en el apartamento de un amigo. Pero lo que realmente le interesó a Wilder no era la historia, sino el personaje, apenas sin importancia, que les dejaba el apartamento. Así nació esta historia de simplísima premisa: un gris oficinista consigue escalar puestos en la empresa dejándole su apartamento a sus jefes para que estos lleven allí a sus ligues. Cuando el director de la empresa se entera, no sólo no toma medidas, sino que se suma al chollo. El problema vendrá cuando el oficinista se enamore de la chica de su jefe. Con tal argumento, hoy día se haría alguna estupidez romanticona con Drew Barrymore y Orlando Bloom (¡ag!). Pero en 1960 Billy Wilder dio a luz la cima del romanticismo, conmovedor en ocasiones, desalentador y terrible en otras. El tono de la película es cínico, desencantado, profundamente ácido con la hipócrita sociedad americana. Y cuando digo que El apartamento es romántica, en realidad me refiero a que es profundamente antirromántica. Aquí el protagonista (genial Jack Lemmon) es mas un antihéroe que un galán; triste, anodino, normal. La chica parece fuerte, pero oculta una gran fragilidad que la lleva a intentar suicidarse. La mayoría de los personajes son auténticos cabrones que se aprovechan de todos los que son inferiores. No hay una historia de amor, sino de desamor. Nada es lo que parece en esta película.

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Amén de un gran director, Wilder probablemente sea uno de los más grandes guionistas que haya dado el cine. Unido en su última etapa (que comienza en Con faldas y a lo loco, un año antes) a I.A.L Diamond crearon algunas de las comedias más ácidas y corrosivas que jamás se hayan visto. Como ha dicho algún crítico, Diamond ponía la bala, y Wilder apretaba el gatillo. Nada ni nadie escapaba a su ironía. Y en El apartamento no dejan títere con cabeza. Es una comedia, reímos a carcajadas, pero alguna que otra vez se nos hiela la sonrisa. No hay sólo frases geniales (“Dígame, ¿por qué la gente tiene que amar a otra gente?”), grandes diálogos (“¿Traes aquí a todas las chicas que conoces?”, pregunta una chica a uno de los que usan el apartamento de Baxter al comienzo del film; “Por supuesto que no; soy un hombre casado”, contesta), sino escenas sencillamente maravillosas, ya sean cómicas (Baxter intentando arreglar su agenda como si fuera un vulgar peluquero; el mismo aguantando las reprimendas de su casera por las fiestas que los vecinos creen que monta), o dramáticas (las discusiones entre Sheldrake y Fran Kubelik; el intento de suicidio de ésta, con una maravillosa música de Adolphe Deutsch de fondo), junto a otras de una comicidad patética brutal (Baxter borracho en un bar, donde “liga” con una chica igual de borracha, que le confiesa que su marido está detenido en Cuba por drogar caballos ). De entre todas ellas, me quedo con una. Baxter entrega a su jefe el espejo de su amante, que ha encontrado en su apartamento. Está roto. Un par de escenas más tarde, Fran le deja un espejo a Baxter para que mire cómo le sienta su sombrero nuevo. Al mirarse, Baxter ve que el espejo está roto (“Me gusta así. Me veo tal como me siento”, dice ella). Así descubre que la chica de la que está enamorado es la amante de su jefe. El rostro de Baxter reflejado en el cristal roto es probablemente uno de los planos más crueles, tristes, y hermosos que se haya visto nunca.

El grandísimo actor Jack Lemmon encabeza el reparto, en su segunda colaboración con Wilder, después de la mencionada Con faldas y a lo loco (todavía repetirían cinco veces más, tres de ellas formando tándem con Walter Matthau y creando “la extraña pareja”), y entrega una de sus más geniales interpretaciones, cómica y entrañable, que se gana nuestra simpatía y cariño desde el principio (pese a que sea un trepa). Y además muestra sus grandes dotes para el drama, pese a que se le creía un actor meramente cómico, con el paso de los años demostraría ser uno de los mejores. Luego tenemos a Shirley MacLaine, uno de mis amores cinéfilos, que en esta película aparece más bella que nunca, encarnando a la desgraciada ascensorista. Las escenas que ambos comparten, en especial cuando ella está convaleciente de su intento de suicidio, y juegan a las cartas, son sencillamente geniales. Cae profundamente antipático, pero lo cierto es que Fred MacMurray está perfecto en su papel de jefe hijoputa, respetable hombre casado liado con Fran y antes con su secretaria, cerrando el atípico triángulo amoroso del film. Y de todos los secundarios me quedo con Jack Kruschen, que interpreta al médico vecino de Lemmon, voz de su conciencia y responsable de que al final del film Baxter se rebele y se convierta, por fin, en un mensch, un “auténtico hombre”. Tampoco puedo dejar de mencionar la fotografía, en maravilloso blanco y negro de Joseph LaShelle, la banda sonora de Deutsch (si no se os pone un nudo en el estómago cuando MacLaine se toma las pastillas y la música sube de volumen, es que no tenéis corazón), o los impresionantes decorados de Alexandre Trauner, uno de los grandes decoradores del cine, que se luce en la creación del apartamento, o en las oficinas de Baxter (en un claro homenaje al Metrópolis de Fritz Lang).

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El apartamento es una película perfecta, si no “la” película perfecta. Y no sólo para cínicos y románticos a la vez, como yo, sino para cualquier amante del cine. Tiene tantas cosas, tantos momentos que llevarse a una isla desierta, tantos pequeños detalles y destellos de genialidad (esa raqueta de tenis que Lemmon usa para colar los spaghetti; el gag de las llaves que se repite al comienzo y al final) que podríamos estar horas hablando de ella. Lo mejor es que la veáis, sin juzgarla por ser una comedia romántica, porque lo que vais a ver es la perfección hecha cine.

Y como muestra, el final (no sigáis leyendo si no lo queréis saber; aunque tampoco pasa nada). Baxter se revela contra su jefe, deja el trabajo y se marcha, sin empleo pero convertido en un “mensch”. El espectador se siente orgulloso de él. El film podría acabar ahí, pero no olvidemos que es una historia romántica que necesita un final feliz. Pocas escenas después, ya en Nochevieja, Fran, que ahora está con un Sheldrake por fin divorciado descubre que Baxter estaba enamorado de ella. Dejando plantado a Sheldrake, corre por las calles de Nueva York (escena luego homenajeada por Woody Allen en Manhattan) hasta el apartamento de Baxter. Todo muy típico, ¿no? Todos esperareis el típico beso final, y el The End. Pero Wilder es mucho Wilder, y nos entrega una escena de amor diferente. Baxter y Fran reanudan la partida de cartas que tenían a medio. Él le confiesa su amor. “Estoy perdidamente enamorado de usted, señorita Kubelik”. Ella sonríe y contesta: “Calle y reparta”. Probablemente sea ésta la confesión de amor más romántica de la historia del cine.

Mario Hernández López

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